El 1 de agosto de 2026, el Gobierno de Giorgia Meloni empezó a exigir documentación de identidad a viajeros procedentes de España en aeropuertos y puertos italianos, alegando riesgo de «migración secundaria» tras la entrada masiva e irregular de migrantes en Ceuta a finales de julio. España respondió una semana después, el 8 de agosto, con controles equivalentes a viajeros procedentes de Italia. A mediados de mes la tensión seguía sin ceder: el ministro del Interior italiano descartó revisar la medida antes del 15 de agosto, España acusó a Roma de actuar con «lógica de represalia», e Italia respondió que no acepta «ultimátums». El 20 de agosto, Meloni sumó a Italia a una carta firmada por 22 países pidiendo reforzar las fronteras exteriores de la UE, la misma carta que socialistas españoles e italianos calificaron de «solidaridad selectiva».
La tensión no se resolvió en agosto. El 31 de agosto, el Gobierno de Meloni prorrogó otros quince días la suspensión de Schengen con España, alegando que la situación seguía «lejos de mejorar»; España respondió con una prórroga equivalente de sus propios controles. El 5 de septiembre, el BOE publicó una nueva prórroga española, la Orden INT/932/2026, vigente hasta el 22 de septiembre. A la fecha de esta actualización, la crisis fronteriza sigue abierta.
España e Italia no se conocen desde ayer. La Real Academia de España en Roma, fundada en 1873, reorientó por decreto en 2001 sus becas hacia toda Iberoamérica, no solo hacia España. La Escuela Española de Historia y Arqueología en Roma, activa desde 1910 (con la excepción de un largo paréntesis entre la Guerra Civil y su reactivación en 1947), centra su misión en la relación bilateral con Italia. Y el acuerdo más reciente entre ambas redes culturales, firmado en mayo de 2024 entre el Instituto Cervantes y la diplomacia pública italiana, habilita proyectos conjuntos en terceros países. Dos años después, el resultado público verificable de ese acuerdo que hemos podido localizar es una exposición fotográfica compartida entre Madrid y Palermo; no hemos tenido acceso al texto del acuerdo ni a un inventario de sus actuaciones.
Ninguna de esas tres instituciones se ha pronunciado sobre la crisis actual. No es sorprendente: ninguna tiene ese mandato. Pero si España e Italia disponen ya de infraestructura cultural que, solo en el caso de la Academia de España en Roma, supera el siglo y medio, y esa infraestructura no se activa precisamente cuando más se necesita, cuando dos gobiernos se cierran fronteras mutuamente por primera vez en años, la pregunta no es si el vínculo cultural sirve para tender puentes. Es por qué, en el momento en que haría falta, nadie lo está usando.



