Desde el 17 de septiembre y hasta el 6 de diciembre de 2026, la sala Mario Vázquez del Museo Nacional de Antropología, en Ciudad de México, exhibe el Códice Azcatitlan, un manuscrito pictográfico náhuatl que narra la migración mexica desde Aztlán hasta la conquista. La muestra forma parte de un préstamo recíproco y temporal: mientras el Azcatitlan cruza el Atlántico hacia México, el Códice Boturini, otro manuscrito de la misma tradición, viaja en sentido inverso hasta la Biblioteca Nacional de Francia, en París. No hay devolución definitiva sobre la mesa: ambos documentos regresarán a sus sedes habituales cuando termine el intercambio.
El acuerdo lo cerraron la presidenta Claudia Sheinbaum y el presidente Emmanuel Macron en noviembre de 2025, dentro del programa de actos por el bicentenario de relaciones diplomáticas entre México y Francia. Conviene no confundir esta exposición con otra anterior: en julio de 2026, la Secretaría de Cultura ya había presentado, en el corredor cultural del Metro Pino Suárez, una muestra de reproducciones fotográficas de gran formato del mismo códice, con una fecha de cierre distinta. Aquella era una exposición de copias en un espacio público; esta, la que ahora ocupa el Observatorio, es el manuscrito original en una sala de museo, con su propio calendario.
El Azcatitlan y el Boturini no son ajenos entre sí ni a Francia. Joseph Marius Alexis Aubin, americanista que viajó a México en 1830, reunió a lo largo de décadas una colección de manuscritos mexicanos que incluía, según reconstruyó él mismo, buena parte de lo que había pertenecido al etnógrafo italiano del siglo XVIII Lorenzo Boturini. En 1889, el filántropo e industrial franco-mexicano Eugène Goupil compró esa colección; su viuda, Ernestine Goupil, la donó a la Biblioteca Nacional de Francia en 1898, cumpliendo la voluntad de su marido. Ese fondo mexicano lleva más de un siglo en París, no por un episodio aislado de 2026, sino por una cadena de compras, herencias y donaciones que empezó en el siglo XIX.
Según el comunicado de la Secretaría de Cultura del 17 de septiembre, la iniciativa para que el Azcatitlan regresara a México partió de la comunidad hñähñu de Ixmiquilpan, en Hidalgo. Es un dato que solo conocemos por esa fuente institucional: no hemos podido contrastarlo con un testimonio directo de la comunidad, así que lo registramos como relato oficial, no como hecho verificado de forma independiente. El mismo comunicado plantea, con una cita que vale la pena transcribir, un horizonte de trabajo conjunto: investigación compartida, digitalización de acceso abierto, intercambio de conservadores y formación de especialistas, «porque la memoria no pertenece solo a las instituciones que custodian los objetos, sino a los pueblos y generaciones que se reconocen en ellos». Es un objetivo anunciado en el acto de apertura, sin presupuesto, responsables ni calendario que hayamos podido localizar hasta la fecha de este brief.
El préstamo de los dos códices ya sucedió: eso no está en discusión. Lo que el Observatorio se propone seguir es lo que venga después de diciembre, cuando ambas vitrinas se cierren. Primero, qué acceso nuevo genera el intercambio más allá de las reproducciones digitales que ya existían antes del acuerdo. Segundo, si la investigación conjunta anunciada llega a concretarse en un proyecto con nombre, tareas y resultado publicado, y no solo en la mención de dos instituciones colaborando. Tercero, si la comunidad hñähñu y otros pueblos vinculados a estos manuscritos participan en la selección de contenidos o en la evaluación de lo hecho, o si su papel se agota en ser mencionados en la inauguración. Ninguna de las tres tiene todavía respuesta pública. Volveremos sobre ellas cuando cierren las exposiciones.
